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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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RECURSOS ESCUELA SABÁTICA 
Comentarios de la Lección 



Lección 7 

17 de Mayo de 2008 

El enigma de su conducta 



Prof. Sikberto Renaldo Marks 

Versículo para Memorizar: "Vino el Hijo dei Hombre, que come y bebe, y dicen: He 
aquí un liombre comiión, y bebedor de vino, amigo de pubiicanos y de pecadores" 
(Mateo 11:19). 

Introducción 

"Por sus frutos los conoceréis". Esa fue la afirmación de Jesús en estos versículos de 
Mateo. Muchos lo criticaban por lo que Él hacía. Querían a un Jesús a semejanza de 
ellos. No estaban interesados en cambiar sus vidas. La manera en cómo vivían, que 
entendían que era la correcta, les parecía un modelo de obediencia a las Escrituras. 
Sin embargo, cada facción desarrolló su propia interpretación de cómo debía vivirse 
correctamente. Pues bien, ¿cómo podemos concebir varios estilos de vida que sean 
correctos? Aquí, una vez más, surge la cuestión de la cultura humana. Y por ello de- 
bemos reiterar este concepto: "La cultura humana no sirve para sustituir el definitivo 
'Así dice el Señor'". Hoy, en nuestros días, hay diferentes culturas que están ejer- 
ciendo más influencia sobre las personas en la iglesia que el Modelo, quien es Cristo 
Jesús, nuestro Salvador. Ejemplos sobran, por caso, en la manera de vestirse, en los 
hábitos de alimentación, en la música, en aquello que tiene que ver con el entreteni- 
miento, y en todo nuestro estilo de vida. 

Entonces, así como Jesús se confrontó con los hombres y mujeres de su época, así 
lo hace hoy. Aquellos que pretenden seguir a Jesús confrontan a los muchos que, 
aún participando de la iglesia, piensan que lo están siguiendo, pero lo hacen según 
influencias ajenas a la Biblia. 

Jesús vivió en otra cultura, donde los usos y costumbres eran muy diferentes de los 
nuestros. No es Él quien debe cambiar a nuestro modo de vida, sino nosotros los 
que debemos cambiar en la manera en que Él lo demostró. Si fuera Él quien debiera 
cambiar, entonces, al final de cuentas, ¿a qué cultura de las que aquí existen debiera 
orientase el cambio? Todas las culturas humanas tienen cosas equivocadas y algu- 
nas muy peligrosas, pues estas culturas se ven afectadas por seres humanos atibo- 
rrados de pecados. No sirven para moldear nuestra vida, si queremos ser ciudada- 
nos del reino de Dios. Únicamente la conducta de Cristo es nuestro modelo de vida. 
Y por medio de ese modelo se conformará un solo pueblo en este mundo que aguar- 
de la venida del Salvador. 



¿Abandonar a los padres? 

Cuando Jesús tuvo doce años, siguiendo la costumbre de su pueblo, fue llevado otra 
vez, como lo hacían todos los años, a Jerusalén. Pero esta vez ocurrió algo distinto 
de las veces anteriores. Jesús, que fue junto con ellos, no retornó con sus padres. 
En todos los viajes que habían hecho con Él, y en otras circunstancias, el niño fue 
cuidadoso de permanecer con sus padres que ya no estaban preocupados en saber 
si Él estaba con ellos o no. Pero esta vez ocurrió algo inesperado. 

Una vez terminadas las actividades de la festividad, tal como era la costumbre, re- 
gresaron en grupos de familias cada uno a su ciudad. Esos viajes eran muy agrada- 
bles, lo hacían caminando, conversando, cambiando puntos de vista acerca de las 
ceremonias y de lo que habían aprendido. Eran caminatas en las que se sentía el ca- 
lor del amor de Dios entre ellos. 

Finalizado el primer día de caminata de regreso, todas las familias reunían a sus in- 
tegrantes. Fue en ese momento en que sus padres se dieron cuenta de que faltaba 
Jesús, que en ese entonces contaba con doce años. Como Él siempre había sido 
educado y sumiso, sólo en ese instante se preocuparon por saber dónde estaba. Lo 
normal es que estuviera cerca de ellos con los chicos de su edad. Pero esta vez no 
fue así. El no estaba con ellos. 

Volvieron a Jerusalén. Un día más de caminata, y al tercer día lo encontraron en el 
mejor lugar donde podía haber estado: en el Templo. Cuando descubrieron que es- 
taba allí, se quedaron maravillados. Era mejor que estuviera allí que perdido, el lugar 
era el más seguro, felizmente. Entonces su madre toma la iniciativa y le dice: "Hijo, 
¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos buscado con angustia" (Lucas 
2:48). Pero Él les contestó: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los asun- 
tos de mi Padre tenía que estar?" (versículo 49). 

Aquí hay un punto importante. Los padres de Jesús habían estado buscándolo, pero 
Él estaba en la casa de su Padre. O sea que Él estaba en casa, eran los padres te- 
rrenales los que no se habían dado cuenta de que Él estaba en la casa de su Padre 
Celestial. 



Jesús era Alguien que tenía dos ciudadanías y doble naturaleza. Era ciudadanos del 
Reino de Dios, donde era Dios; y era ciudadano terrenal, por haber nacido aquí, 
aunque ya existiera desde antes. Entonces también era humano. 

A los doce años Él se dio cuenta cuál era su misión. Era adolescente, había estudia- 
do con dedicación todo lo relacionado con el Santuario. Y en aquél día, al ver todo el 
ceremonial ritual, en su mente se abrió el entendimiento acerca de Quién sería el 
verdadero sacrificio: Él mismo. 

Habiendo estudiado con su madre, ahora se encuentra con los maestros de la Ley. 
El pensó que podía aprender de ellos. Por eso se quedó con esos hombres por lo 
menos durante dos días, mientras sus padres caminaban de regreso a casa y luego 
volvían para buscarlo. Es bastante tiempo como para comprobar lo que sabían de las 



profecías bíblicas. Y los doctores de la ley se admiraron de su conocimiento. Ellos no 
sabían que el que allí estaba era Aquél sobre el cual predicaban diariamente, cada 
vez que se repetía un sacrificio. 

Y en el debate, ni Jesús ni los maestros de la ley se dieron cuenta cómo pasaba el 
tiempo. Estaban tan profundamente enfrascados en el debate (¿qué estudioso no 
ama un debate profundo?) que no se dieron cuenta de que aquél Niño podía tener 
padres que estuvieran buscándolo afligidos por su ausencia. Permanecieron deba- 
tiendo e intercambiando ideas, respondiendo preguntas. Imagino que se fueron a 
dormir muy tarde, y que Jesús durmió allí mismo, que comieron en el mismo lugar, 
puesto que ninguno de ellos quería perder tiempo. Lo más curioso es que estos 
hombres tan letrados no se dieron cuenta de que Él era el Dios allí presente, su Sal- 
vador, y que ellos le estaban enseñando al Niño que más tarde él moriría por ellos. Y 
aquí surge una pregunta. ¿A quién le estamos enseñando hoy? ¿A personas que 
enseñarán a otras, y estas a su vez a otras más, lo que desencadenará un grandioso 
proceso de salvación de decenas, centenas y hasta miles de otras personas? 

En cierta oportunidad, cuando estaba estudiando en la Universidad realizando una 
maestría, estábamos en un aula debatiendo un tema atrayente, y la discusión estaba 
excitante. Pero terminó el tiempo estipulado y llegó el mediodía. Salimos del aula, 
pero continuamos debatiendo en el pasillo, hasta el ascensor. Al entrar en el ascen- 
sor, continuamos intercambiando ideas y nadie recordó pulsar el botón para descen- 
der. Estábamos apretados dentro de él, mientras otros, afuera, estaban esperando 
que descendiéramos. Eso ocurrió durante algunos (bastantes) minutos hasta que 
uno de los que estaba afuera nos preguntó si ese era el mejor lugar para una clase. 
Fue entonces que nos dimos cuenta de lo que estaba pasando. 

Por cierto, algo parecido fue lo que ocurrió con Jesús y los demás. Allí había un Niño 
que cautivaba la fascinación de todos, y el Niño estaba enfrascado con la compren- 
sión de su propia misión. 

¿Será que Jesús fue descuidado con sus padres? ¿O los fueron sus padres que, aún 
sabiendo que Él era Jesús, el Salvador, no se dieron cuenta de que algún día el deb- 
ía asumir su misión y prepararse para ella? 

Creo que ni una cosa ni la otra. El hecho se dio de manera natural. Jesús no fue re- 
prendido, sólo le fue preguntado al respecto. El tampoco reprendió a sus padres. El 
continuó siendo sumiso a ellos. Ahora ya sabía todo lo que necesitaba respecto de 
Él. De ahora en adelante, estudiaría su Biblia con otro enfoque: lo que le correspond- 
ía hacer en un futuro. En esos días, comprendió y asumió su misión terrenal. 

¿Mostrar enojo? 

¿Estas fueron palabras de Jesús? Cuando llamo a algunas personas "gente mala y 
sin fe", "¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación 
del infierno?" (Mateo 23:33) "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y ape- 
dreas a los que son enviados a ti!" (Mateo 23:37. "¡Ay de vosotros, escribas y farise- 
os hipócritas! Porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumen- 
tos de los justos" (Mateo 23:29). "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Por- 



que sois semejantes a sepulcros blanqueados, que de fuera se ven hermosos, y por 
dentro están llenos de huesos de muertos y de inmundicia" (IVIateo 23:27). "finalmen- 
te, apareció a los once, cuando estaban a la mesa. Reprendió su incredulidad y du- 
reza de corazón, por no haber creído a los que lo habían visto resucitado" (IVIarcos 
16:14). "Dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió divorciarse de 
vuestras esposas. Pero al principio no fue así" (Mateo 19:8). 



No esto es una postura firme, demostrando autoridad, definición de propósito, co- 
rrección del rumbo. Aquella gente, al igual que nosotros, era dura de corazón. Ellos 
estaban en condiciones de entender fácilmente los simples mensajes de Jesús, pero 
no era así porque no los querían comprender. 

Les doy un ejemplo: ¿Cuántas veces algunos pastores y líderes de la iglesia nos han 
hablado acerca del vicio del mate? ^ Es un vicio, porque su consumo genera depen- 
dencia. Contiene sustancias que no son otra cosa que drogas, pues afectan el siste- 
ma nervioso central. ¿Cuántas veces nos fue dicho eso, y cuántas veces hay gente 
se ha resistido al cambio de manera análoga? Llega a ocurrir algo que duele: En 
campamentos donde están reunidos todos los hermanos, las personas que se resis- 
ten a abandonar esta costumbre, se esconden, en algunos casos tomándolo como 
juego, en sus carpas para que así, protegidos de los ojos de los demás, puedan cul- 
tivar su vicio. Pero esas mismas personas no buscan un lugar de oración secreto, 
escondido, para que a solas con Dios puedan pedir el favor y el poder de Dios para 
superar su debilidad. Después de décadas de exhortación, ¿qué otra cosa se les 
podría decir a estas personas, sino que son duros de corazón? ¿Con cuánta indig- 
nación hablaría el Señor hoy, si con tales actitudes Satanás se está valiendo para re- 
tardar el derramamiento del poder del Espíritu Santo para concluir la obra? ¿Qué 
crees: sería prudente que el Cielo le concediera su máximo poder a una iglesia en la 
que es alarmante la cantidad de personas que practican cosas condenables bíblica- 
mente, y que lo hacen sin miramientos, aún sabiendo que está mal? 

¿Qué otro ejemplos podríamos añadir teniendo en cuenta lo que sucede en nuestros 
días? Hay muchas cosas de las cuales Jesús se indignaría, tal como en aquellos 
tiempos. ¿Q acaso hoy somos todos limpios de corazón y puros, obedientes en to- 
do? ¿Estamos todos determinados a cambiar todo aquello que descubrimos que está 
mal en nuestras vidas? ¿Q, por el contrario, vez tras vez descuidamos la exhorta- 
ción? ¿Qué nos diría Jesús hoy ante estas situaciones? Tal vez nos diría: "Esperen 
un poco, que una vez que el zarandeo saque afuera la cizaña, pueda yo, con los que 
queden, concluir la obra que le ha sido confiada a la Iglesia". 



1 Nota del Traductor: El mate es una infusión que se prepara con hojas molidas de yerba mate (¡iex pa- 
raguayensis, una planta sudamericana). Las hojas finalmente molidas se colocan en recipientes 
hechos de calabazas o de otros materiales, donde se vuelca agua bien caliente que se bebe absorbién- 
dola con una bombilla. También se toma como infusión {mate cocido) o con agua bien fría [tereré). Al 
igual que el te, el café y el chocolate, el mate posee un efecto estimulante debido a la cafeína que con- 
tiene. Su consumo está ampliamente extendido y generalizado en todos los niveles de población en los 
países de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. 



Si esta lección de iioy no es para reflexionar sobre nuestra conducta en estos tiem- 
pos, en los que está pronta a finalizar la tragedia del pecado, en vísperas del desen- 
lace del gran conflicto, entonces, ¿para quién más serviría? 

Indignación. Tal vez esa sea la palabra más adecuada para definir el sentimiento que 
llevó a Jesús a pronunciar aquellas palabras durísimas. Indignación, no para con las 
prostitutas y con los parias de su sociedad, que él visitaba, y que lo recibían con un 
sentido de necesidad de cambio en sus vidas, sino con aquellos líderes bien vestidos 
de su época que, por fuera, tenían la apariencia de señores santos y saludables es- 
piritualmente, pero que -por dentro- destilaban el mal con sus vicios, actitudes y 
prácticas, lo que hacía que apartaran a los pequeños y humildes de corazón que 
querían transitar el camino de la salvación y ver sus vidas transformadas. 

¿Y nosotros? ¿Tenemos que utilizar ese mismo modo de reprensión? Tal vez no. 
Jesús es el Dueño de la obra, nosotros sólo somos siervos. Sin embargo, es bueno 
que nos mantengamos discretamente apartados de la influencia de aquellos que act- 
úan como aquellos a quienes Jesús reprendió tan duramente, y que vayamos a los 
humildes y perdidos llevándoles el plan de salvación. 

¿Destrucción de propiedades personales? 

Si Jesús estuviera entre nosotros hoy, haciendo lo mismo que hizo en aquellos tiem- 
pos, ¿cómo sería? Supongamos que tú fueras un criador de cerdos, podrías ser 
también un productor de tabaco, o de alguna otra droga como coca o mariguana, etc. 
Si Jesús, al pasar por la zona donde crías los cerdos, suponiendo que tienes dos mil 
de esos animales, los matase a todos mandando a los demonios a que fueron con 
los cerdos, ¿cómo te sentirías? 

Sólo hay espacio para dos sentimientos: o de admiración incondicional, y de rebelión 
total. Ahora, tenemos que detenernos y pensar en el significado de todo este suceso. 
En primer lugar, los demonios pidieron permiso para entrar en los cerdos. Y Jesús lo 
autorizó. Luego los cerdos se arrojaron al mar. Si estos puercos enloquecieron con 
los demonios, ¿cómo es que este hombre, que era uno, pudo soportarlos a todos 
ellos? ¿Y por qué los demonios pidieron permiso para entrar en los cerdos, justa- 
mente en esos animales? ¿Y por qué Jesús lo autorizó? 

Pareciera que los cerdos tienen alguna afinidad con los demonios. ¿Crees que los 
demonios pedirían permiso para entrar en corderos? ¿Se sentirían bien en corderos? 
Y, ¿lo permitiría Jesús? Todas las respuestas tienden a ser negativas. 

Tal vez los demonios querían generar un conflicto entre los criadores y Jesús, para 
que Él se fuera de allí, o que fuera maltratado, quizá muerto. Sabemos que los de- 
monios son astutos, no son ingenuos. Actúan como los políticos, creando intrigas y 
generando conflictos. 

Si Jesús permitió que se perdieran todos aquellos animales, era porque consideraba 
su pérdida como algo de lo que había que lamentarse. Jesús, siendo Creador, con 
poder para cualquier milagro, podría darles a esos hombres otro trabajo, algo más 



dingo de un ser humano correcto. Pero, ¿por qué en vez de reclamarle, al darse 
cuenta del poder de Aquél que había hecho eso, no le pidieron otro empleo? El que 
sanaba a todos, que incluso resucitaba muertos, seguramente no se iría de allí sin 
atenderlos. Nuestro futuro depende de lo que Dios hace, y también de lo que noso- 
tros hacemos. Los dueños de los puercos se enojaron, y de ese modo, Jesús no pu- 
do ayudarlos. Sucede que, en muchas oportunidades, hay cosas que son necesarias 
destruir a fin de cambiar, o pasar por alguna crisis severa. Jesús mostró que es ca- 
paz de destruir, pero también mostró que es capaz de construir. 

¿Podemos hacer nosotros algo parecido a lo que hizo Jesús? En algunos casos no 
debemos. El poseía una autoridad superior en gran manera a la nuestra. El es el Se- 
ñor, nosotros apenas unas criaturas, meros seres humanos que necesitamos ser 
salvados por Él. No todo lo que Él hizo nosotros lo podemos hacer, porque no tene- 
mos esa autoridad, ni somos capaces de juzgar como Él es capaz de hacerlo. 

¿Descuidar a los perseguidos? 

Juan, el Bautista, fue un hombre esencial para Jesús. El fue quien abrió el camino 
para que Jesús pudiera llevar a cabo, con éxito, su misión en la tierra. Y Juan nació 
para llevar a cabo ese propósito. 

Cuando Jesús asumió su misión, al poco tiempo Juan fue llevado preso. Y quedó en 
el calabozo, con sólo algunos de los discípulos que le habían quedado. A tal punto 
fue intensa su soledad que llego a dudar de lo que él mismo había predicado: ¿Era 
Jesús, a quién el había bautizado y anunciado como el IVIesías, el Esperado? 

Entonces fue condenado y decapitado. Así como vivió sus días finales en la prisión, 
poco valorado, así fue sepultado. Y Aquél a quién había anunciado como el IVIesías, 
no fue a su entierro. 

¿Por qué razón Jesús no visitó a Juan, ni fue a su entierro? Qué situación, ¿no cre- 
es? ¿Debemos hacer lo mismo nosotros? Por supuesto que no, a excepción de ca- 
sos excepcionales, con los debidos justificativos. 

Aparte, ¿es correcta esta pregunta? Pienso que no. Conociendo a Jesús tal como lo 
conocemos, lo mejor sería preguntarnos, "¿Por qué Jesús no pudo visitar ni asistir al 
entierro de Juan? Podemos imaginar algunas razones. 

Jesús necesitaba evitar circunstancias que pudieran eventualmente abortar el plan 
de salvación. Por eso, cuando realizaba algún milagro, pedía que no lo hicieran 
público. Evitaba ir a algunos lugares, como a Jerusalén en determinados momentos. 
Por eso escapó de situaciones en las que pudo ser apedreado o muerto antes de 
tiempo. Necesitó extremar cuidados para concretar el plan de salvación, trazado por 
Él mismo. 

¿Cuáles podrían ser los motivos de esta actitud de Jesús? Podemos suponer algu- 
nos que tal vez aporten una explicación: 



• Para no convertir a Juan, ante los ojos del pueblo, en un santo que debían 
adorar, dejándolo de seguir a Él, a quien Juan había anunciado. 

• Para no correr el riesgo de Él también ser apresado, pues el verdadero motivo 
de la muerte de Juan fue Jesús. Satanás quizá haya hecho esto con Juan para 
atraer a Jesús y hacerle algún daño peor. 

• Los discípulos de Juan debían llegar hasta Jesús, no quedarse con Juan. 

• Juan, el Bautista, debía ser sustituido por Jesús. Si él no moría, siempre habr- 
ía alguno que seguiría a Juan en vez de a Jesús, como sucedió mientras él es- 
taba vivo. 

• Juan había venido a reemplazar a Juan. Y el pueblo podía dividirse tras dos 
líderes. Y el mismo Juan lo dijo: Jesús debía crecer y Juan menguar. 

Para Jesús debió haber sido muy duro actuar de esa manera. Era amigo de Juan, 
pero debía ser cuidadoso para no echar a perder lo que Juan había hecho ni lo que a 
Él todavía le restaba por hacer: morir por la raza humana. Notemos, sin embargo, 
que Jesús se retiró a un lugar desierto cuando Juan fue muerto. ¿Por qué razón hizo 
eso? Seguramente fue a sufrir su tristeza a solas, ya que no era conveniente que se 
expusiera participando de su funeral. 

No fue fácil la misión de Juan, el Bautista. Ni la de Jesús. Pero Juan tendrá su re- 
compensa, veremos cuan honrado será en el cielo por lo que hizo. 

Acompaña a los indeseables 

Jesús fue acusado de dos actitudes condenables en sus días: 1) andar con personas 
de mala fama; y 2) comer y beber con esa clase de personas. En verdad, ambas son 
una. El se asoció en abierta convivencia social con personas cuya compañía no era 
recomendable. Eso incluía a publícanos (cobradores de impuestos, generalmente co- 
rruptos y muy mal vistos) y toda clase de pecadores, como prostitutas, que eran per- 
sonas mal vistas (incluso por los eventuales clientes, para que nadie sospechara). 
Las compañías de Jesús incluían a personas pobres y gente humilde. 

¿Podemos atisbar alguna contradicción en las actitudes de Jesús? El era considera- 
do Maestro, y -de hecho-ÉI enseñaba. Pero, en vez de frecuentar la compañía de 
otros grandes maestros, de involucrarse en acalorados debates académicos con los 
doctores, cosas que Él nunca hacía, se quedaba todo el tiempo con el pueblo común 
e ignorante. Y ese pueblo incluía lo que la lección denomina adecuadamente perso- 
nas "indeseables". 

¿Por qué indeseables? No lo eran por Jesús, sino de los líderes de la época, que 
marcaban diferencias entre las personas, según ellos, muy sabias y adecuadas. Pero 
para Jesús, y para el cielo, eran totalmente locas. Además, Jesús dijo en cierta opor- 
tunidad que Dios escogió las locuras (cosas absurdas) del mundo para avergonzar a 
los fuertes, y las humildes y despreciadas -que en verdad no lo son- para reducir a 
la nada a las que no lo son. ¿Y qué quiso decir con todo esto? Que los sabios y fuer- 
tes, aquellos que se creen que lo son, en verdad perderán espacio e influencia ante 
los humildes, despreciados y débiles. Muchos grandes, que piensan que son algo, 
serán reducidos a la nada. 



Jesús dijo algo que define la razón de su venida a esta tierra: "Vine a buscar a los 
pecadores, no a los justos". Como si aquí hubiera algún justo... Pero hay muchos 
que se clasifican de ese modo. Jesús vino a llamar a aquellos pecadores en situa- 
ción extrema, que cometen graves delitos, y también a aquellos pecadores que co- 
meten apenas deslices pequeños, pero que tienen la sensación de que por ello son 
grandes pecadores. Hay otros pecadores que no tienen ese sentimiento. A sus ojos 
se creen justos. A éstos Jesús no vino a llamar. Por otra parte, si Jesús llamara a los 
que se creen justos, ellos ni siquiera atenderían el llamado. 

Los pecadores que Jesús vino a llamar incluyen a toda clase y categoría, en caso de 
que hiciéramos clasificaciones. Desde aquellos pecadores prácticamente inofensi- 
vos, pero que evidentemente necesitan de perdón; hasta los aquellos considerados 
indeseables, que deberían estar presos o apartados o ser llevados a una isla desier- 
ta desde la cual no pudieran salir para amenazar a la sociedad. 

Pero, notemos, Jesús se mezclaba con ellos, con el pueblo común e ignorante, de- 
ntro del cual había personas indeseables, pero Él no se contaminaba con ellos. Por 
el contrario, era Él quien atraía el pueblo, y era Él quien les enseñaba. No era el 
pueblo quien ejercía influencia sobre Él, ni afectaba su modo de vida. Jesús vino a 
convertir a personas comunes, para que le siguieran, no vino a seguir sus costum- 
bres. No vino para seguir la cultura de los grandes de sus tiempos. 

Aquí surge una pregunta importante: ¿Cuál victoria es más expresiva: convertir a 
Jesús en un pecador semejante a nosotros, o convertir a Jesús en un pecador clasi- 
ficado por la sociedad como indeseable? 

Los indeseables son aquellos pecadores diferentes de los aquellos normalmente 
aceptados por la sociedad. Por ejemplo, la mentira social, la trampa, la ansiedad por 
obtener ventaja de todo y de todos, el engaño, el esconder hechos e informaciones 
necesarias, la piratería, el encubrimiento, el descuidar el cuerpo y la salud, etc., todo 
esto es socialmente tolerado e incluso bien aceptado en determinados círculos, y es 
considerado por muchos como algo necesario para triunfar en la vida. Sin embargo, 
ser pobre y robar una gallina, o un pote de margarina en un supermercado, eso pue- 
de llevarte a la cárcel. Andar mal vestido porque has perdido todo, eso genera des- 
confianza y pueden considerarte una persona peligrosa. Hasta no tener un estatus 
social genera pensamientos dudosos. Imagina entonces, cómo son consideradas por 
la sociedad aquellas personas que comenten crímenes culpables de pasar varios 
años de prisión... 

¿Cuál es la diferencia entre estas dos categorías de pecados? Si todos ellos nos lle- 
van al infierno, a no ser que seamos convertidos... Ambos se dan en personas que 
carecen de la gracia de Jesús. Jesús vino a atraer a toda clase de pecadores, y Él se 
mezcló con todas esas clases, siempre que sintieran la necesidad de ser salvos por 
su sangre. Es motivo de alegría saber que muchos pésimos elementos de la socie- 
dad se convertirán y se salvarán, pero es muy triste saber que muchas personas que 
eran consideradas de bien, se perderán. En muchos casos, se perderán por no 
haberse arrepentido de pequeñas faltas. Sólo por eso. Y muchos de ellos habrán lle- 
vado, por su obra a otros a los pies de Cristo, pero no se arrepintieron de sus peque- 
ños actos. ¡Cuan lamentable! 



Aplicación del estudio 

"Sigúeme". He allí la invitación que Jesús les hacía a todos, fueran pobres o ricos; 
personas buenas o personas malas. Él vino a salvar a todos. 

Jesús no tenía una oficina a la que se necesitaba acudir para pedirle una entrevista. 
Jesús iba al encuentro de las personas, donde ellas podían ser encontradas. 

¿Cómo haría Jesús hoy? ¿Hasta dónde iría El en busca de personas para salvar? Es 
cierto que estaría en las calles y en las casas de las personas, en las fiestas de ca- 
samiento, en las reuniones, y más. Pero a algunos lugares Él no iría. A un concierto 
de rock Él no iría. A una playa nudista. Él no iría. A un prostíbulo Él no iría. Sin em- 
bargo, no dejaría de buscar a las personas que frecuentaran esos lugares. Se encon- 
traría con ellas en otros lugares, como las calles o las casas. 

Así, como Jesús, a nosotros nos toca ir donde están las personas que necesitan ser 
salvadas. Debemos ir con el poder del Espíritu Santo. Este mandato, de predicar el 
Evangelio a todo el mundo, necesita ser urgentemente llevado a cabo, para que 
Jesús vuelva pronto. Y eso depende de nosotros. El ya hizo su parte. ¡Cuan bueno 
será cuando nuestra grandiosa misión termina, y tengamos que esperar sólo un poco 
de tiempo más para la venida de Jesús! 



Prof. Sikberto R. Marks 






Traducción: Rolando D. Chuquimia 
RECURSOS ESCUELA SABÁTICA © 



Comentario da Ligao da Escola Sabatina 



© Prof. Sikberto Renaldo Marks 

(marks@unijui.tche.br) 

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